jueves, 27 de julio de 2017

El suicidio: un problema de salud pública que no se debe trivializar

¿Conocieron del caso del ciudadano de Managua que se quiso suicidar desde la cúspide de uno de los llamados “árboles de la vida”? Las redes sociales han tomado un poco a la ligera ese caso que refleja el grave problema de la salud mental desatendida en Nicaragua. Otros se han enfocado en hacer comentarios sobre la banalidad de esas carísimas estructuras de metal que le cuestan millones de dólares al año al país. Yo quisiera referirme, brevemente, a dos temas: el suicidio como una de las principales causas de muerte violenta en el país y la desatención que hay a la salud mental, especialmente al problema de la depresión emocional.

Según especialista en siquiatría, en Nicaragua se suicidan anualmente más de 200 personas, lo que en base al tamaño de la población nos coloca como el país con mayor tasa de suicidios por cada 100 mil cien mil habitantes en Centroamérica.

A nivel mundial, el suicido es una de las 3 primeras causas de muerte en jóvenes (de 15 a 29 años de edad). En Nicaragua, el sistema de salud ignora el problema y es casi imposible conseguir atención en el sistema público de salud para las personas en situación de depresión. Quizás por ello, hemos visto que en los últimos años las tasas suicidio en Nicaragua han aumentado hasta en un 25%. Nadie conoce las verdaderas cifras de personas en situación de depresión.

Personalmente me ha tocado conocer casos de depresión emocional muy de cerca y es un problema que no se debe ignorar. Generalmente, por vergüenza muchas personas rechazan pedir ayuda. En el caso de Nicaragua, el suicidio golpea de manera muy fuerte a los hombres jóvenes (más del 70% de los suicidios los cometen hombres). La principal causa es por motivos pasionales y la segunda es por conflictos familiares.

Les invito a no trivializar el suicidio y más bien a tomarlo como un problema serio. Es un flagelo que a diario atormenta a miles de familias en Nicaragua. Si conocen a alguna persona que ha expresado deseos de quitarse la vida, no tomen de manera liviana esa situación o ofrezcan ayuda. No todos los casos de intento de suicidio son tan públicos y mediáticos con el señor que vimos hoy en la TV. Casi siempre el suicidio sucede como resultado de un largo proceso desatendido de depresión a puertas cerradas, cuyas señales son ignoradas por las personas que rodean a la víctima.

Les dejo con este sitio web que ofrece información práctica sobre cómo ayudar a una persona con pensamientos suicidas: https://www.recursosdeautoayuda.com/como-ayudar-a-personas-suicidas/



martes, 11 de julio de 2017

A propósito del 124 Aniversario de la Revolución Liberal

Con los años me siento cada vez más comprometido con las ideas liberales. Soy liberal y estoy convencido que el liberalismo moderno—es decir el compromiso con la promoción y defensa de la libertad individual y de la dignidad de todas las personas sin ningún tipo de discriminación—ofrece soluciones innovadoras a los retos de la sociedad contemporánea.

Sin embargo, hoy que muchos nicaragüenses recordamos la Revolución Liberal de 1893, no siento que la figura del General José Santos Zelaya sea el mejor referente para un liberalismo moderno. A pesar de los logros de su gobierno, de manera objetiva, el General Zelaya fue un dictador.

Ciertamente, para entender el legado de General José Santos Zelaya en su justa dimensión, es necesario analizarlo en el contexto histórico en que vivió pero lo cierto es que Zelaya estableció un estilo de caudillismo idealizado cuya sombra aún nos persigue. Somoza quiso ser el próximo Zelaya y lo logró. El Dr. Arnoldo Alemán intentó lo mismo pero su error de cálculo con el pacto con Ortega hizo que se le quedaran con el mandado y el PLC terminara siendo un socio minoritario en esa acuerdo.

Ahora el caudillo de turno que añora ser el Zelaya del siglo 21 es Ortega. El argumento de quienes lo defienden es el mismo: hay crecimiento económico, hay estabilidad para que el sector privado haga su trabajo y no hay alternativas en la oposición.

Lamentablemente todos los caudillismos en Nicaragua han terminado mal. A pesar de los avances que pueden mostrar en el mediano plazo, ningún caudillo ha podido dar el salto hacia la modernidad democrática en Nicaragua y se ha quedado estancado en el modelo del caudillismo autoritario de hacienda con una tajona en una mano y un nacatamal en la otra. La versión criolla del pan y circo.

Zelaya fue el creador del mito de que sólo los liderazgos caudillistas generan crecimiento. También creó la idea seductora del dictador benevolente. No obstante, bajo su mandato (1893-1909) Zelaya estableció la reelección indefinida, envió a sus principales opositores al exilio e incluso organizó elecciones donde fue él fue el único candidato.

En 1905 José Santos Zelaya, reformó la Constitución de 1893. En esa reforma se suprimieron los artículos que prohibían la reelección presidencial y se le otorgaron poderes totalitarios al presidente Zelaya, que deseaba ser candidato por quinta vez y seguir gobernando sin oposición. En el mes de Noviembre de ese año, Zelaya organizó unas elecciones donde él fue el único candidato, convirtiéndose nuevamente en presidente con una constitución hecha a su medida. Los excesos dictatoriales de Zelaya fueron el principio del fin de su gobierno, ya que pocos años más tarde—el 17 de diciembre de 1909—fue obligado a dimitir, y salió al exilio. La salida de Zelaya abrió un sangriento capítulo para Nicaragua.

Curiosamente, tanto el FSLN como el PLC e instituciones como el Ejército de Nicaragua, invierten muchos recursos en exaltar la figura de Zelaya, porque es un instrumento didáctico subliminal para hacernos creer a las nuevas generaciones que los caudillos son buenos. Por otra parte, líderes liberales más democráticos como José Madriz, Benjamín Zeledón, René Schick y Ramiro Sacasa han sido completamente olvidados.

Creo que la tarea pendiente de las nuevas generaciones de liberales en Nicaragua es empezar desde el principio: hacer formación política sobre qué es el liberalismo a la luz de los conceptos de la democracia moderna y tener la valentía de tomar distancia de los caudillos militares que gobernaron en siglos pasados.